VIDEO. ENTRADO EN KIRKUT. ALBERTO HUGO ROJAS

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sábado, 26 de julio de 2008

Genocidio de Halabja

LEA ATENTAMENTE LA HISTORIA DEL VIERNES NEGRO EN HALABJA

Los días 17 y el 18 de marzo de 1988, la ciudad iraquí de Halabja fue regada con bombas químicas y con bombas racimo en más de veinte ocasiones. La mañana del viernes 17, una parte de la población estaba durmiendo en sus casas y los gases mortales no les permitieron ni levantarse de sus camas. A otros les dio tiempo a emprender una huida absurda, que esparciría sus cadáveres por las calles de la ciudad. Era temprano y la vida de la ciudad, de 70.000 habitantes, empezaba a desperezarse en un cálido día de primavera, justo antes de detenerse.
Las mujeres realizaban labores en el hogar, se dirigían al mercado o acompañaban a los hombres en su camino a las fértiles tierras que rodean la población, y que albergan varias plantaciones o sirven de pasto para el ganado. Las puertas de las viviendas estaban abiertas. Decenas de niños jugaban frente a sus casas antes de que el ruido de los motores de los aviones del ejército de Sadam Husein llamara su atención.
Las máquinas llevaban en su interior gases cianuros, agentes sanguíneos que provocan convulsiones, pérdida de la conciencia y apnea, es decir, falta o supresión de la respiración. Causan una agonía de varios minutos. También se utilizaron gases mostaza y gases nerviosos. Los primeros causan eritema, una irritación de la piel que deja unas manchas rojas muy visibles, ampollas, irritación en los ojos y dificultades respiratorias. Los efectos del gas nervioso son varios. Los más visibles son la secreción de saliva, lágrimas y orín, y la defecación. También dan lugar a rinorrea, miosis (una contracción permanente de la pupila), dificultades respiratorias y convulsiones. Mientras que los gases mostaza pueden acabar con una vida en varios minutos o incluso horas, los gases nerviosos pueden acortar la agonía a varios segundos.

A la hora en que parte de la población detenía el curso normal de sus asuntos al oír los motores de los aviones se iniciaba lo que se conoce como el "Viernes sangriento". Dos días después se contaban en 6.000 las personas que perdieron la vida y en 7.000 las que quedaron heridas. Tres cuartas partes de las víctimas las constituyeron mujeres y niños. El rastro que dejan las bombas químicas no es el habitual de otro tipo de bombardeos. No hay un gran número de mutilados; no hay heridas ni sangre. Pero cadáveres con violentas y grotescas expresiones en sus caras.
Desde entonces a la segunda entrada de tropas aliadas en territorio iraquí han pasado quince años. Pero la ciudad no se ha recuperado completamente del golpe recibido. A las heridas del alma, que tardan una vida en cicatrizar, hay que añadir el aspecto destartalado de la ciudad, con edificios que muestran también las heridas de aquellos días y que no se han reparado.
El cáncer crece en el interior de muchos de sus ciudadanos. Las mujeres tienen un número desproporcionado de abortos. Las pieles de algunos de los viandantes están cortadas por visibles erupciones y ampollas. Otros han experimentado grotescos crecimientos o deformaciones de algunos huesos.
La ciudadanía de Halabja cuenta con el apoyo de la cirugía, que se practica sin anestesia total por falta de medios; pero no con la ayuda de la radioterapia o de la quimioterapia. Las enfermedades infantiles también han aumentado superando cualquier media.